Una profesión selecta

Escala a la orilla del Nilo

Estatua de un escriba sentado con las piernas cruzadas

El oficio de escriba consistía en dibujar los famosos jeroglíficos en distintos documentos, en especial en papiros. Al ser necesario el dominio de la lectura y la escritura, el escriba ocupaba un puesto importante y era la envidia de la sociedad egipcia. La preparación de las hojas de papiro exigía una gran habilidad. Por lo general, se utilizaban dos pigmentos: el negro, a base de carbón, para el texto, y el rojo, obtenido a partir de óxidos de hierro, para los títulos de los capítulos. El escriba mojaba el cálamo, un tallo de caña finamente tallado, en un pequeño recipiente lleno de agua en el que disolvía la tinta, que se utilizaba de inmediato. Los cálamos y las pastillas de tinta de reserva se guardaban en una paleta de madera o, en los casos más lujosos, de marfil. Una vez terminado el trabajo, el escriba ponía su sello.

El babuino, protector de los escribas

Al lado de los escribas solía representarse una caja de madera con sus bártulos y en ocasiones también aparecía un babuino. No es nada sorprendente, ya que para los egipcios el mono era la forma animal de Tot, el dios del conocimiento y la sabiduría, que era el que había dado la escritura a los hombres. Ser escriba contador al servicio de un templo, como Unsu, estaba bien, pero ser escriba real y codearse con el faraón, y estar por lo tanto en el meollo del funcionamiento del Estado, era mejor.